Chef Martina

Chef Martina

Martina experimentando con la cocina

Calidez, ternura, dulzura, satisfacción, realización personal. Son sólo algunos de los adjetivos de lo que sentimos cuando llegaste a nuestras vidas pero ninguno de ellos explica completamente la felicidad que tu nos regalaste cuando naciste y que nos das día a día con tus caricias y sonrisas.

Desde que fuiste concebida esperábamos con ansia tu llegada, llenos de dudas y miedos, pero lo que no sabíamos es que esos miedos iban a ir creciendo a la vez que tu te hacías mayor. Aunque lo cierto es que tenemos 40 semanas, no sólo que para que tú crezcas dentro de mí, sino para prepararnos como padres.

Podría llenar hojas y hojas con todas las emociones que tuve durante el embarazo, parto y primer añito de vida de mi pequeña pero no hay líneas suficientes ni palabras para describir lo que supone ser madre. Martina, hija, sólo entenderás esto que te escribo cuando seas madre.

Cada día que pasaba mientras estaba embarazada nos hacíamos más inseparables, no solo crecías dentro de mí, sino que ya te cuidaba, protegía, cantaba y entre las dos se estaba formando un vínculo irrompible, un amor como nunca había sentido antes.
Estábamos tan conectadas que te imaginaba tal y como eres ahora: rubia, con mofletes, sonrosada, risueña y con los ojos verdes. Gracias a ese lazo entre las dos podía intuir cosas como que te encantaría el agua o que ibas a ser buena comedora, y así es. He vivido con intensidad cada segundo de mi embarazo prestando mucha atención a cada signo que me hacías como si me hablarás, y es por eso que puedo decir que soy la que mejor te conoce.
Llegó el gran día, decidiste que ya era el momento para conocernos, las dos estábamos preparadas para vernos las caritas. Aquí papá tenía un papel fundamental y sacó sobresaliente él me transmitía paz, sosiego y fue la pieza clave para que el parto fuera bien, y así fue.
Los latidos de mi corazón se aceleraban por segundos, un sueño que estaba a punto de comenzar, una aventura que íbamos a vivir los tres juntos. Parecía que no llegaba el momento de cogerte entre mis brazos, de acunarte, de cantarte al oído como había estado haciendo durante meses atrás. Todavía no te conocía pero ya te amaba y por fin un domingo 2 de septiembre del 2012 a las 9:14 te lo pude decir: “Bienvenida a la vida, mi niña”.
A partir de aquí, invade mi mente un montón de dudas y miedos como el de si seré buena madre o si te sabré inculcar los valores más importantes. A esto le sumamos que las hormonas han estado revolucionadas 9 meses y ahora empiezan a estabilizarse, además de que mamá echa mucho de menos a su madre. Ahora entiendo lo que ella sentía por mí e igual que yo te abrazo a ti echo de menos un abrazo de ella. Aunque la mejor medicina has sido tú y siempre serás tú, tú me curas si tengo un mal día, todo se pasa cuando te veo cogida al pecho, comiendo, durmiendo, tan a gusto…
Nos hemos cansado de escuchar que nos iba a cambiar la vida, que ya no iba a ser como antes, que no salías tanto… Pero siempre les digo lo mismo, tu llegada no nos cambió la vida, nos dió vida.
Es verdad que atrás quedaron las largas charlas al teléfono con las amigas, las uñas largas y recién pintadas, incluso la ropa limpia. Ya no me acuerdo lo que es comerte un plato caliente recién hecho o el tener la casa ordenada. Pero así es mi nueva vida y no la cambio por nada, porque ahora siempre estoy acompañada, sigo saliendo lo mismo pero con mi hija, mi casa esta decorada por un niño y me estas ayudando a ponerme en forma.
Ahora espero a que llegue el mañana ya que cada día es algo nuevo, algo que no me quiero perder, algo que dibuja una sonrisa en mi cara. Y no pasa nada si me babeas los muebles, me dejas las huellas de chocolate en la pared, o tiras la comida al suelo, todo se me olvida cuando me dices: ‘Mamá’.
Ya no me imagino la vida sin tu sonrisa y caricias al despertar, me encanta ver como me necesitas, ver que soy importante para ti, para dormir, para consolarte, para quitarte el dolor. Disfruto cuando me buscas por las noches, cuando estamos las dos juntas en la cama, cuando te arropo mientras tu te quedas en mi pecho dormidita.
He descubierto que el amor duele, me duele oírte llorar o ver que te haces daño. Nunca quiero dejarte en la cuna por no apartarte de mí porque llegará un día en el que querrás ser independiente y entonces ya te separarás, pero mientras tanto, déjame disfrutar.
No olvides nunca que soy la que mejor te conoce, soy tu amiga, tu compañera, tu confidente y cuando estés asustada o confusa no dudes en acudir a mí, a Mamá. Que palabra tan bonita… Mamá.

                                                                                                                                                                           Relato de una madre a su hija